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A lo largo de sus dos primeros meses de vida, EL GRAN IMAGINADOR ha ido apareciendo en distintos medios y su autor ha sido entrevistado a propósito de la novela en suplementos como BABELIA del diario El País, en EL CULTURAL de El Mundo, en EL ASOMBRARIO & CO. de Público, o en la revista EÑE. 

Babelia, EL PAÍS (contraportada), 22/10/2016

Juan Jacinto Muñoz Rengel: “No termino cuatro de cada cinco libros”

Autor de ‘El asesino hipocondríaco’, sorprende ahora con ‘El gran imaginador’, una novela llena de homenajes literarios

Por Javier Rodríguez Marcos.

Juan Jacinto Muñoz Rengel (Málaga, 1974), autor de El asesino hipocondríaco, sorprende ahora con El gran imaginador, una novela llena de fantasía, humor y homenajes literarios.

—¿Qué libro le hizo querer ser escritor?

El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, de R. L. Stevenson, por escoger uno.

—¿Y cuál ha sido el último que le ha gustado?

Las cosas que perdimos en el fuegode Mariana Enriquez, Distancia de rescate de Samanta Schweblin y Subsuelo de Marcelo Luján.

—¿Qué libro no terminó?

—No termino cuatro de cada cinco libros que comienzo. Hay poco tiempo y mucho por leer.

—¿Qué libro ajeno le habría gustado escribir?

—Muchísimos. La invención de Morel, de Bioy Casares, o Matadero cinco, de Vonnegut. O cualquier cuento de Borges.

—Si “Gran Imaginador” fuese un título nobiliario, ¿a qué autor vivo se lo daría?

—La mayoría de los grandes imaginadores ya no están con nosotros (Borges, Cortázar, Lem, Bradbury, Dick, Ballard, Vonnegut, Calvino, Buzzati, Eco o Matute). Probablemente se lo daría a Ursula K. Le Guin.

—¿Con qué libro convencería de las bondades de la literatura fantástica a un realista?

—Empezaría por Mi hermana Elba y Los altillos de Brumal de Cristina Fernández Cubas.

—De no ser escritor le habría gustado ser…

—Si pudiera elegir época, me habría gustado ser explorador.

—¿Qué suceso histórico admira más?

—La toma de la Bastilla.

—¿Cuál es la película que más veces ha visto?

2001: Una odisea del espacio, Braveheart, La invasión de los ultracuerpos.

—Si tuviese que usar una canción o una pieza musical como autorretrato, ¿cuál sería?

—Que me perdonen los músicos, pero prefiero el silencio.

—¿Qué encargo no aceptaría jamás?

—Escribir cualquier libro que no sea el que quiero escribir.

—¿Qué está socialmente sobrevalorado?

—La sinceridad mal entendida. Y el premio Planeta, claro.

—¿A quién le daría el próximo premio Nobel de literatura?

—A Don DeLillo antes que a Philip Roth. O, por apostar por un candidato menos recurrente, a Mircea Cartarescu.

El Cultural, EL MUNDO, 15/11/2016

Juan Jacinto Muñoz Rengel: “En España hay muchos complejos con la literatura fantástica”

El escritor publica El gran imaginador o la fabulosa historia del viajero de los cien nombres (Plaza & Janés), un sentido homenaje a la literatura y a la imaginación, con humor y abogando por un sano mestizaje de géneros.

Por Javier Yuste.

Juan Jacinto Muñoz Rengel (Málaga, 1974), autor de El sueño de otro (Plaza & Janés, 2013) y El asesino hipocondríaco (Plaza & Janés, 2012), acaba de publicar El gran imaginador o la fabulosa historia del viajero de los cien nombres (Plaza & Janés, 2016). Esta novela, ambientada en el siglo XVI y protagonizada por un estrambótico personaje que cuenta con una imaginación sin límites, empezó a dibujarse en la cabeza del escritor hace 14 años y desde entonces ha ido definiéndose y creciendo lentamente, contaminando y dejándose contaminar por otros proyectos, adquiriendo consistencia mediante una sesuda investigación y documentación. No en vano, el libro recorre una gran variedad de escenarios y culturas ya que Popoulos, como se llama el protagonista, se verá inmerso en un épico viaje que le llevará desde la Grecia otomana a conocer al pirata Barbarroja, a la Condesa Sangrienta, inspiradora del mito de Drácula; al creador del golem, antecedente de Frankenstein; y a Miguel de Cervantes nada menos que en la batalla de Lepanto. Así realiza Muñoz Rengel un sentido homenaje a la literatura y a la imaginación, con humor y abogando por un sano mestizaje de géneros.

Pregunta.- Desde las primeras páginas se detecta un gran trabajo de documentación…
Respuesta.- El problema con este libro radica en que el personaje no para de moverse. Cuando ya tienes claro los detalles de un determinado escenario tienes que volver a empezar… De los 14 años que me ha llevado la novela casi todo el tiempo lo he empleado en documentarme y en diseñar la estructura. Los últimos tres años ya han sido de escritura pura y dura, con horario intensivo. Este último año empezaba a trabajar a las 5.30 de la mañana y acababa a las 11 de la noche, y así los siete días de la semana.

Pregunta.- ¿Qué sensaciones produce finalizar un trabajo tan intenso?
Respuesta.- Por un lado echo de menos a Popoulos, hemos estado juntos muchísimo tiempo. Es el personaje que tiene más carne de todos los que he podido inventar, el más real, el que tiene más encanto. Pero al mismo tiempo he acabado agotado, mal de salud incluso. Ni siquiera tengo fuerzas para sentirme liberado.

Pregunta.- ¿Cómo ha ido evolucionando con el tiempo la idea original de la novela?
Respuesta.- Fue creciendo su capacidad fabulosa. En su inicio la novela planteaba un diálogo con El Quijote. Miguel de Cervantes aparece desde las primeras páginas como personaje y se hace amigo de mi protagonista. Quería ver que ocurría si intentaba hacer algo modestamente parecido a lo que Cervantes hizo en su tiempo. Él no solo inventó la novela contemporánea, también cruzó un montón de géneros dentro del mismo libro y yo me cuestioné cómo podría un escritor moderno hacer algo parecido. Por eso en mi novela hay literatura de terror, pasajes de ciencia ficción…Y en el tono del narrador hay un componente de realismo mágico pero desde Occidente, desde el mediterráneo del siglo XVI. Todo este cruce es mi humilde homenaje a Cervantes, un genio anacrónico que se adelantó a todo el mundo.

P.- De ahí que aparezcan algunos de los mitos literarios modernos…
R.- La novela trata de revisar el origen de la ficción en Occidente en su estrecha relación con Oriente. Para ello había que indagar en las huellas que el Imperio Otomano, durante siglos de convivencia, ha ido dejando en nuestro imaginario en general, así como en el impacto de lo musulmán en la obra de Cervantes.

P.-¿Querías que coincidiera la publicación de la novela con el cuarto centenario del escritor alcalaíno?
R.- En realidad ha sido pura casualidad porque la idea la tuve hace mucho tiempo, pero sí es cierto que al final estábamos pendientes de que no se pasara la fecha.

P.- ¿Temía que esa mezcla de géneros se le fuera de las manos?
R.- La mezcla tiene muchos peligros. Por ejemplo no es habitual rondar lo fantástico en una novela que pretende ser muy veraz con la historia. Después está la extensión, la disparidad de tramas, personajes, escenarios… Hubo momentos en los que pensé que la novela iba a vencerme pero al final todo fue encajando.

Un escritor disparatado

P.- El libro sigue a una persona que tiene una imaginación sin límite. Esto le forzaba a ponerse a la altura del propio personaje.
R.- Además de todo el tema técnico, ése era el mayor reto de la novela. De alguna manera tienes que ejemplarizarlo y me veía obligado a dar rienda suelta a mi imaginación, a disparatarme. Me ha sido de gran ayuda recurrir a temas pasados, a mis otros libros o microrrelatos, a todas mis obsesiones. También hay mucha intertextualidad, me apoyo en muchos autores que son posteriores a Popoulos. Es un homenaje a la literatura de la imaginación.

P.- A lo largo de la novela también es complicado ver donde acaba la realidad y comienza la imaginación de Popoulos. ¿Están tan claros los límites entre una y otra?
R.- Es uno de los grandes interrogantes que plantea la novela. Entendemos el mundo a través de la imaginación. Una hipótesis científica es también ficcional, no podemos llegar a aprehender la realidad. A veces hay sistemas enteros que nos han servido durante siglos y de repente llega Einstein y tumba toda la teoría de Newton. Realmente no hay una separación entre realidad y ficción, hay un continuo con una graduación complejísima. Todo es ficción pero hay distintos grados de ficción.

P.- Por ejemplo…
R.- Yo creo que los demás tienen una conciencia como la mía, pero no deja de ser una hipótesis. Y creo en la ficción de mi identidad o en la idea de la muerte aunque nunca he estado muerto. Después hay ficciones que tienen una consistencia real como el merchandising sobre Drácula, que es un personaje de ficción. Y, por último, hay una ficción que está solo dentro de nuestra cabeza. En medio, en algún lugar a caballo entre uno y otro de estos niveles, está la historia de la literatura.

P.- ¿Cree que el mestizaje de géneros es el camino a seguir?
R.- La literatura está demasiado compartimentada en géneros y en ese reduccionismo es muy difícil evolucionar. El género policíaco se agota a sí mismo, pero la novela negra es algo mucho más amplio. Vemos como hoy da cabida a crítica social y a otro tipo de tramas… La fusión que dé lugar a cosas nuevas es la única manera de ampliar el horizonte literario del mañana.

P.- ¿Es la literatura española especialmente reacia a este tipo de ideas?
R.- En España hay muchos complejos con determinadas cosas, por ejemplo, con la literatura fantástica. Salvo autores muy puntuales, que van desde Cunqueiro hasta José María Merino, la mayoría de los escritores españoles han ignorado la literatura que está más entroncada con la imaginación y que los latinoamericanos han explotado tan bien.

P.- ¿Cuáles son los motivos para que esto sea así?
R.- La Guerra Civil provocó una fractura tremenda en nuestra literatura. Durante la posguerra no había posibilidad de evadirse. Lo único que parecía sensato era una literatura de compromiso que hablara de lo que estaba sucediendo, del sufrimiento de la gente, incluso a nivel político a pesar de la censura. Y eso lo hemos arrastrado durante mucho tiempo.

P.- Pero la literatura latinoamericana, más imaginativa, sí que caló en España…
R.- Sí, y cuando llegó se leía con admiración pero nadie era capaz de reproducirla porque la impronta de la literatura realista era muy fuerte. No cuajó en España hasta generaciones posteriores, que ya nacieron leyendo a estos escritores y a otros como Poe y Lovecraft, sin olvidarnos del influjo de lo audiovisual, donde es más habitual que haya anomalías extraordinarias y fantásticas.

El peligro de ser imaginativo

P.- A pesar de todo la imaginación también puede ser un don peligroso…
R.- Existe un rechazo generalizado a lo distinto. Las personas necesitan autoafirmarse y para ello tienen que defender su modo de vida. Si se enfrentan a algo muy distinto se sienten amenazados. En su infancia Popoulos hace algo distinto de lo que se espera de él. Los padres siempre esperan que sus hijos hagan lo de siempre, lo que está establecido. Si no es así puede haber un rechazo e incluso un intento de sabotaje.

P.- Hemos mejorado en ese aspecto cinco siglos después…
R.- A nivel de familia esto se va a seguir repitiendo probablemente durante toda la historia de la humanidad. Va a haber muchos hijos que no encajen dentro de sus familias, va a haber muchas personas que nazcan en un entorno hostil. ¿Cuántos Einstein habrán nacido en países que no le han facilitado la más mínima educación? ¿Y cuantos dictadores y asesinos? Hay todo tipo de personajes y vidas que no han sido pero que perfectamente podrían haberlo sido.

El Asombrario & Co., 17/11/2016

Juan Jacinto Muñoz Rengel: “Nuestra obligación es mantener viva la llama de la imaginación”

Por Antonio García Maldonado.

Juan Jacinto Muñoz Rengel (Málaga, 1974) cita durante esta conversación La invención de Morel, de Bioy Casares, cuyo protagonista hablaba de “la posibilidad de que el mundo esté constituido, exclusivamente, por sensaciones”. El escritor acaba de publicar El gran imaginador (Plaza y Janés), una vindicación de la ficción y la inventiva en los tiempos de las autobiografías prematuras y la no ficción, pero también de los géneros y las intenciones clásicas de la literatura. De los libros y de las emociones que transmiten a sus lectores. De su autor se puede afirmar lo que narra de Nikolaos Popoulos, protagonista de la novela: con la ficción “comprendió enseguida que lo que de verdad le estaba siendo revelado en ese instante era la existencia de un mundo independiente de las cosas materiales, en el que todo estaba permitido”.

El gran imaginador me ha parecido, sobre todo, una reivindicación de la ficción, de la imaginación en un momento dominado o por lo autobiográfico o por la no ficción. ¿Hay una reivindicación de la novela y los géneros ficcionales hoy menos atendidos?

Por supuesto. Este libro en buena parte es justo eso: una reivindicación de la ficción y de la propia novela como género de géneros, en un contexto social en el que la crisis parece habernos alejado más que nunca de la imaginación, y en un contexto literario en que cada vez más autores se suben al carro de la moda autobiográfica para disimular su falta de inventiva. Y lo que más me preocupa no es que haya escritores con, digamos, cierta pobreza de ideas o de recursos fantaseadores, sino la incapacidad que a veces algunos de ellos demuestran a la hora de comprender qué es la ficción y cómo opera sobre el mundo.

¿Y qué es la ficción?

La ficción lo es todo. Es nuestro mejor —si no el único— instrumento para conocer la realidad, porque todo el constructo humano de lo real es ficcional. Las hipótesis científicas, al igual que las filosóficas, son ficcionales. Nos sirven durante un tiempo, hasta que dejan de hacerlo. El concepto platónico de Verdad pura quedó atrás hace mucho tiempo. El hombre solo puede manejar hipótesis que aspiren a cada vez un mayor grado de veracidad, de adecuación a lo representado. Pero nunca alcanzaremos la cosa en sí. Y precisamente ahí se encuentra la función de la literatura, en mostrarnos cómo es y cómo se ordena la jerarquía de la ficción. Mi idea de mí mismo, mi identidad, es una ficción, como también lo son, en mi mente, Leonardo da Vinci o los vampiros, pero lo son de maneras diferentes. El mercado bursátil, las leyes de la física, las campañas políticas, las contracampañas de difamación, forman parte de este entramado cultural que nace de mentes concretas y sobrevuela en la de todos. Por eso me resulta curioso que alguien piense que hay géneros literarios que hablan menos que otros de la realidad.

La presencia de Cervantes en el primer capítulo ahonda en esa idea. 

Miguel de Cervantes creó una obra maestra de la literatura universal en la que todo ocurre dentro de la cabeza de su protagonista. Y al mismo tiempo, retrató como nadie la época que le tocó vivir y la esencia de un país y sus gentes. Y por si esto fuese poco, lo hizo utilizando todo tipo de géneros dentro de una novela anticipada a su tiempo y toda la artillería de la metaliteratura y la metaficción. Si todavía hoy hay quien cree estar inventando algo nuevo cuando utiliza recursos autoficcionales, o duda acerca de cuáles son los límites y los matices de nuestra capacidad de fabular, que vuelva a leer El Quijote.

El comienzo de la modernidad literaria.

Cervantes llegó a proyectar, de forma metódica e intencionada, una imagen de sí mismo a partir de los testimonios reunidos en la Información de Argel, y años más tarde con la publicación de la Topografía e historia general de Argel. Esto para mí representa el comienzo de modernidad casi tanto como la invención de la imprenta. Y por esa razón me interesaba tanto su figura y era fundamental para El gran imaginador contar con un personaje secundario de excepción como él, sin el cual la novela no habría sido la misma.

Es interesante, sin embargo, el énfasis que pones en los efectos también malos que la imaginación desbordada puede conllevar. De nuevo, algo muy cervantino.  

Desde una perspectiva amplia la imaginación lo abarca todo. Y cualquier persona con una rica capacidad imaginativa puede dirigirla hacia su bienestar o hacia su destrucción. Solo hay que pensar en algunos espíritus atormentados que, disponiendo de un mundo interior inmenso, solo son capaces de llenarlo de sombras y pesimismo. Don Quijote, sin duda, también era un enfermo de imaginación. Pero, por otro lado, tampoco debemos olvidar que no solo los artistas, sino también los mayores tiranos, estrategas y los personajes más maquiavélicos de nuestra historia han mostrado un admirable talento para la inventiva.

Popoulos reconoce “la inventiva” como algo precioso en los tiempos oscuros que le tocaba vivir. El paralelismo me parece evidente. ¿Qué papel debe jugar la novela, la ficción, en esta época saturada de información, de hechos, muchos de ellos tan oscuros? 

La ficción alcanza lugares a los que la ciencia no puede llegar. La intuición poética, por ejemplo, puede acercarnos a lo indecible más que ningún otro modo de conocimiento. La especulación científica, dentro de la literatura prospectiva, también ha ido en innumerables ocasiones por delante de la ciencia. Y, en un sentido no solo científico, sino incluso ético, eso nos ha servido muchas veces para prepararnos y para adelantarnos a los problemas. Si bien, como vemos, aun con todo el ser humano siempre va por detrás de su tecnología, y ni un millar de distopías literarias parecen suficientes para hacernos reflexionar. Por otra parte, la ficción también nos ayuda a comprender estas zonas oscuras y a arrojar algo de luz sobre los episodios más terribles de nuestra historia.

Le otorgas un papel esencial al novelista, entonces.

El novelista puede explicar —con toda la flexibilidad que su invención implica— decisiones y sentimientos que le están vedados al historiador. Y, por último, y no menos importante, no deberíamos menospreciar la necesidad que tiene el ser humano de evasión. Es posible y necesaria una evasión responsable, que implique lo lúdico, el divertimento, la reflexión, el distanciamiento y una mayor perspectiva.

A lectores de ficción torpes como yo la evasión no nos parece atractivo suficiente. ¿A qué nos ayuda la ficción? ¿Por qué deberíamos leer más ficción?

Pensemos en todas esas películas que han cambiado completamente el concepto que teníamos sobre un acontecimiento o personaje concreto de la historia, o que nos han ayudado a conocer algo que de otro modo seguiríamos ignorando. Y ahora pensemos en el impacto real que esas ficciones tienen en la gente. Y en el impacto que nuevas producciones de Hollywood, que plantean una revisión de los filmes anteriores e implican un cambio de orientación ideológica, vuelven a suponer en nuestra visión de conjunto. Ya en el siglo XV, y así aparece en mi novela, se organizó una compleja campaña de propaganda contra la imagen de Vlad Țepeș, en la que estaban implicados el Imperio Otomano, Polonia, Lituania, Alemania, Hungría y hasta algunas regiones de Transilvania. Teniendo en cuenta que la mayoría de la población no sabía leer, se diseñaron panfletos ilustrados, impresos en Nuremberg, Lübeck, Leipzig, Estrasburgo y en las transilvanas Brașov y Sibiu, que detallaban las atrocidades del príncipe valaco. Vlad el Empalador no era ningún santo, pero esta campaña en los inicios de la modernidad lo convirtió en un monstruo para todos. Ahora pensemos en el ascenso al poder de Hitler, en la maquinaria de propaganda de Goebbels, en la Transición española, en la guerra de Irak, en el concepto de patria, en las banderas, en la percepción que tengo de ese o aquel escritor a quien no he leído nunca, en el ascenso al poder de Trump. Definitivamente, la realidad y la ficción están por completo entrelazadas.

‘El gran imaginador’ puede leerse como una suerte de Bildungsroman muy peculiar, donde el mundo se ensancha con la ficción/imaginación, en contraste con el estrechamiento de la madurez. A la vez, hay metaliteratura, novela familiar, de aventuras. ¿Cómo la definirías?

Es cierto que la novela se construye sobre esa base, sobre la idea de que, frente a los escritores realistas o miméticos que hacen crecer el mundo hacia dentro, indagando en las relaciones humanas o en el interior del espíritu, se encuentran los escritores de la imaginación, aquellos que hacen crecer los límites de la realidad hacia afuera, aumentando el número de objetos e ideas que la habitan o produciendo nuevos mundos de la nada. Todo el libro se levanta sobre una profunda fe es este modo de escribir. En unos tiempos que, en efecto, le son adversos. Con la edad, todas las personas van perdiendo parte de su capacidad de imaginar. Nuestros padres, antes que nosotros, dejaron de leer novelas para leer periódicos. El gran imaginador intenta ser una novela dedicada por entero a la imaginación, y, para defender la idea de que otra madurez es posible, solo podía ser una novela iniciática o de aprendizaje, donde su protagonista no deja de ensanchar el mundo, pese a seguir cumpliendo años, hasta el fin de sus días. Creo que nuestra obligación es mantener viva la llama de la imaginación. 

¿Y respecto a tus libros anteriores?

Todos mis libros, en realidad, aunque no de manera tan directa, han sido escritos bajo este principio. En el convencimiento de que todavía hay cosas nuevas por decir, de que se pueden decir desde todos los géneros, y de que esos complejos tan españoles contra la imaginación y la fantasía solo han ido contra nuestra propia literatura durante más de un siglo. De todas formas, hoy es fácil abjurar, abjurar de todo, de lo intelectual, de lo elevado, del esfuerzo, de la disciplina, de la imaginación, de los géneros, de lo blanco, de lo negro, para luego hacerlo de lo gris. Lo que sorprende de tanta afectada y estudiada transgresión es que no se ofrece nada a cambio, solo pensamiento débil, postureo, repetición de consignas, anemia, crisis y más crisis de valores que avergonzarían a cualquier auténtico nietzscheano.

Es normal escuchar a muchos decir que no leen novelas, ¿es tu caso? ¿Qué lees? ¿Qué me recomendarías para que no piense (como suelo pensar) que es mejor leer no ficción en distintas formas?

No podemos inmiscuirnos en el envejecimiento neuronal de cada cual. Dicen que los hombres pierden en mucha mayor medida la capacidad de imaginar que las mujeres, por eso hay muchas más lectoras que lectores de ficción. Pero sí creo que está en nuestra mano procurar mantenernos en forma. Para empezar a resolver las dudas que planteas, recomendaría la siguiente tabla de ejercicios: Matadero cinco de Kurt Vonnegut, La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares, Historias de cronopios y de famas de Julio Cortázar, Si una noche de invierno un viajero de Italo Calvino, Solaris de Stanisław Lem, Hombres salmonela en el planeta porno de Yasutaka Tsutsui, Compañía de Sueños Ilimitada de J. G. Ballard o Ubik de Philip K. Dick. Y, claro, mucho Borges antes del desayuno y después de la cena.

Revista EÑE, 2/12/2016

“La realidad es un constructo que hemos creado nosotros”  

Por Anna Maria Iglesia.

Más de catorce años ha tardado Juan Jacinto Muños Rengel en escribir El gran imaginador (Plaza y Janés). Durante estos catorce años Rengel ha alternado la escritura de El gran imaginador, “la obra culmen de mi trayectoria”, con la publicación de títulos de diversos géneros: desde los microrrelatos de El libro de los pequeños milagros, las novelas El sueño del otro y El asesino hipocondríaco hasta los relatos reunidos en De mecánica y alquimia. Por ello, El gran imaginador reúne elementos de toda su trayectoria literaria, “hay un poco de todos mis trabajos previos”, asegura el autor , para quien su última novela es, ante todo, un homenaje a Cervantes y a la novela como género a partir del cual narrar una historia en la que todo, absolutamente todo, es posible y tiene cabida. El protagonista de la novela, Popoulos, es un hombre de una imaginación sin límites, alguien capaz de recorrer física e intelectualmente geografías y tiempos aparentemente inabarcables, alguien capaz de imaginar “hacia delante”, haciendo de la realidad una ficción en permanente construcción. Popoulos es un Funes que lo imagina todo y, a la vez, Popoulos es metáfora de la novela, como género que todo lo incorpora, todo lo narra y donde los límites, como señala el propio Rengel, los determina la imaginación y el buen hacer en la escritura. 

El gran imaginador me lleva a preguntarte, ¿cabe todo en la novela?

Es una buena pregunta. Creo que el reto es hacer que todo quepa en literatura, donde, si todo hace bien, todo es posible. El gran imaginadorha sido escrito con la seguridad de que se puede hablar de cualquier cosa y, por tanto, también de la realidad desde la ficción más pura. A partir de esta premisa principal me preguntaba cómo asumir determinados riesgos, cómo llegar a los lectores, sea literarios sea lectores que simplemente buscan pasárselo bien, cómo mezclar una literatura más reflexiva y filosófica con una literatura lúdica y hasta qué punto los géneros pueden mezclarse dentro de un mismo artefacto. En cierta manera, con El gran imaginador, reclamo la novela en tanto género de géneros, donde cabe todo de la misma manera que en El Quijote cabía todo.

La novela, como tú mismo has dicho, en un homenaje a Cervantes y a El Quijote, sin embargo, Borges tiene un papel esencial: tú protagonista es como un Funes el memorioso que, en lugar de recordar, imagina.

Efectivamente, en lugar de recordar hacia atrás, mi personaje, Popoulos, imagina hacia delante. El homenaje a Cervantes es más explícito en cuanto aparece como personaje secundario para yo poder reflexionar acerca de cómo Cervantes, en un momento dado, construye su propia imagen en tanto que héroe de Lepanto y español españolísimo que nunca ha renegado de su patria, para acceder a la literatura y ser escritor, a su vuelta a España, tras el cautiverio de Argel. Me interesaba esta idea de la construcción del personaje por parte del propio Cervantes y, aparte, me interesaba establecer un diálogo con El Quijote: la mezcla de géneros, el carácter de los personajes que recuerdan a los caballeros andantes o los disparates de las aventuras que vive el imaginador, pero que no forzosamente ocurren. La influencia de Borges es más indirecta, puesto que Borges dejó en mí un poso mucho más subconsciente: yo he leído mucho a Borges, he escrito mucho sobre Borges, pero llevo muchos años tratando de distanciarme de él, aunque no lo consigo y en la novela hay muchas ideas que son absolutamente borgesianas, la principal: la idea de memoria. Borges lleva al absurdo determinadas capacidades humanas como la memoria y mi personaje es alguien que dice que la única memoria que le interesa es la que recuerda hacia delante

A través de la ficción, Borges pone en cuestión el estatuto de realidad, cuestionamiento que tú también propones.

Escribiendo una novela sobre la ficción y, por tanto, desde la ficción, adopto irremediablemente esa perspectiva del Borges que duda de la realidad. A partir de Borges, uno se cuestiona la realidad, se pregunta sobre su naturaleza de simulacro y se interroga hasta qué punto la realidad no es un constructo que hemos creado nosotros y, por tanto, la ficción no existe solo en cuanto creación, sino que confluye en la existencia misma.

Tu protagonista vive e imagina paralelamente de tal forma que el límite entre lo imaginado y lo vivido se borra.

Este es el juego principal. La novela tiene una base real y, en concreto, una base histórica, que ha sido documentada y en la que se enmarcan los sucesos reales que, sin embargo, abandonan el estatuto de real cuando mi personaje imagina. Yo sé que habrá lectores a los que este juego les pueda confundir, puesto que demandan la realidad empírica, incluso en las ficciones; pero, creo, que un lector de hoy debe ser un lector que participe del texto y que sepa distinguir entre los distintos planos de “realidad”.

Poniendo en crisis el concepto de realidad, terminas por definirla como una invención.

Todo es una invención, la historia es una invención, pero también lo es la ciencia, puesto que las hipótesis sirven durante un tiempo, luego dejan de ser válidas y, por tanto, creamos nuevas en un intento constante de entender el mundo, intento que implica, al mismo tiempo, comprensión del mundo y creación del mundo. La cultura funciona así, es un proceso de constantes construcciones y, por tanto, algunos episodios de la historia, las tradiciones o la patria misma no dejan de ser invenciones nuestras. Mi personaje, de hecho, pasa por los Balcanes y por Grecia, es decir, por lugares donde se ha reconstruido, desde la ficción, la historia y su identidad.

La novela se sustenta principalmente sobre dos géneros: el histórico y el fantástico.

Estos son los géneros que recorren la novela: el género histórico, porque conforma el escenario de la novela, y el fantástico, porque ha definido gran parte de mi trayectoria. Me refiero a un fantástico próximo a la realidad, pero siempre con un pie más arriba de lo real de las cosas; lo fantástico es un género que siempre me ha interesado como modo de cuestionar la realidad y como medio para hablar de la realidad desde otro ángulo que no sea la realidad misma. A parte de estos dos géneros, hay otros a lo largo de la trama: la infancia de Popoulos se narra a partir de la novela de formación a la vez que se ahonda en la ciencia ficción, en realidad, en la proto-ciencia ficción de su tiempo.

Parece que recuperas, en parte, el ejercicio de James Joyce en el Ulises, al jugar con géneros y subgéneros narrativos dependiendo de los capítulos.

Sí, pero con toda la diferencia formal que hay entre las dos novelas. En el Ulises hay una experimentación con el lenguaje y con el flujo de pensamiento interior, que están ausentes en mi novela. Al mismo tiempo, yo recurro a un narrador en tercera persona, que en principio es más clásico, aunque tiene cosas innovadoras.

¿Qué tiene de innovador?

Yo pretendía adaptarme a una forma en la que el lector de a pie se sienta cómodo y, a la vez, a una forma que me permitiese narrar, en el sentido más tradicional de la palabra. Contemporáneamente buscaba un narrador que me permitiera alejarme del protagonista todo lo posible hasta el punto de poder contemplar el conjunto del Mediterráneo o hacer una panorámica de una ciudad o viajar a lo largo del tiempo: buscaba un narrador que me abriera completamente el zoom y, al mismo tiempo, capaz de acercarse tanto al personaje como si se tratara de una primera persona. Me interesaba mucho el juego que se puede establecer entre lo macro y lo micro

Hablas del narrador como si fuera una cámara de cine.

Porque mi narrador es un narrador cámara, pero no es el narrador objetivo que se comporta como el narrador de los escritores norteamericanos, desde los años cincuenta hasta ahora, Hemingway, Salinger o Carver, que observan desde fuera sin adentrarse en la cabeza de sus personajes. En mi caso, el narrador es una cámara que, en un momento dado, tiene la grúa, pero en otro momento, tiene la lente de aproximación, que le permite saber que a un personaje en concreto le ha dado un infarto o que el protagonista tiene una gota de sudor en su nuca; además, es un narrador que penetra en la mente de los personajes, no sólo la del protagonista

El gran imaginador evoca la narrativa clásica de las novelas de aventuras, desde las novelas de Corto Maltés o los Viajes de Gulliver de Swift.

Aunque en El gran imaginador pueda haber algo de teoría, yo no quería que esta teoría se hiciera explícita, porque lo que me interesaba era contar una historia. Por esto, como mencionas, está la aventura, género que nunca hasta ahora había utilizado. Yo quería que a mis personajes les sucedieran cosas y que estas cosas abarcaran muchos acontecimientos, respetando la forma de fabular de siempre para que, así, el lector que solamente quiera disfrutar de una historia lo pueda hacer sin más. Lo que pasa es que, a lo largo del libro, hay momentos en los que me detengo, por ejemplo, en las diferencias entre el dogma católico y el ortodoxo o en determinados momentos históricos. Hoy en día, esto se ha perdido al querer eludir la información aparentemente sobrante de las novelas, pero yo quería permitir al lector profundizar; al fin y al cabo, una novela sobre la imaginación debe tener algo de intelectual en cuanto se inscribe en el ámbito del intelecto.

Dices que se tiende a eludir lo sobrante y, a la vez, otra tendencia dentro de la novela es a prescindir de la trama en pos de una narrativa autorreflexiva.

Quizás ha habido un exceso en esta moda. A mí me encanta la metaliteratura, que, dicho sea de paso, ya estaba en El Quijote. Cervantes, no sólo se adelantó al momento histórico con la invención de la novela contemporánea, sino que hace autoficción, hace metaliteratura, crea un narrador, sobre el cual coloca otro narrador aparentemente real… Es decir, todos estos juegos ya estaban, pero como en cualquier momento de decadencia, hoy mucha gente ha querido rizar el rizo y así se acaba hablando de la propia literatura desde la literatura misma y, salvo gente que lo hace muy bien como Vila-Matas, encontramos autores que terminan por aburrir al lector. Me da la impresión de que hay autores que escriben para otros escritores y lo que consiguen es aburrir al otro escritor y, consecuentemente, aburrirnos a todos, puesto que no salen del tema del escritor que escribe y no escriben más que sobre lo que escriben. A mí, personalmente, me interesa que en el caso que haya, en un determinado momento, algún tipo de bucle metaliterario dentro de la novela, sea porque aparece dentro de la historia y lo pueda interpretar el lector que puede llegar a ese nivel o no.

En este sentido, ¿planteas la novela a partir de los niveles de lectura de Umberto Eco?

Creo que Eco no está demasiado presente en esta novela, pero sí que hubo algo del fenómeno de El nombre de la rosa que a mí me interesó desde el punto de vista teórico: se puede escribir una novela erudita, con muchísimas referencias, y vender masivamente. ¿Qué ocurre en este fenómeno? Ocurre que Eco se puso el listón más alto en el momento de preguntarse hasta qué punto puede combinarse lo erudito con el entretenimiento. Lo fácil es elegir una de las dos opciones, o hacer una novela siguiendo la forma del bestseller que funciona o hacer una novela intelectual para los dos mil lectores que te van a leer. Sin embargo, con El nombre de la rosa, Eco hizo las dos cosas y esto es lo que me interesa, no tanto para imitarlo, sino como concepto

El ejercicio de Eco llevó a acuñar el concepto de “bestseller de calidad”

O bestseller erudito, pues no se sabía cómo catalogar El nombre de la rosa. Me parece que hay algunos casos, más allá de la novela de Eco, que pueden entrar en la categoría de bestseller de calidad, como El perfume, que aquí, como es típico en nuestro país, en cuanto empezó a vender, dejó de interesar a determinadas personas, puesto que, si vendía, tenía que ser necesariamente malo. Yo creo que hay muchas cosas interesantes en El perfume y, como en Alemania no ocurre lo mismo que aquí, porque están menos acomplejados de nosotros, hay una extensa bibliografía sobre la novela. ¿Por qué hay autores que solo defienden que hay 2500 lectores, otros que dicen que hay 20000 y unos terceros que dicen escribir para cientos de miles? Parece que cada tipo de escritor está reflejando su liquidación del año. Lo que hay que hacer cuando uno escribe es exigirse lo máximo.

¿Y esta exigencia incluye, también pensar en el lector a quien te diriges?

Yo lo tengo muy presente, pero es un lector ideal, no es ni una cifra de lectores, ni es mi vecina ni nadie que conozca. Tengo presente un lector con el cual pretendo dialogar, pues no entiendo eso de escribir para uno mismo; no lo digo como crítica, simplemente, no entiendo querer escribir para uno mismo. Yo escribo para un lector con el que converso todo el rato y, por esto, cuando releo una escena que acabo de escribir, intento ver si lo que he escrito se entiende desde fuera, tratando de ponerme en esa cabeza ideal del lector.

Antes definías España como país acomplejado, ¿es este carácter literariamente acomplejado el que lleva a no valorar, como has comentado en más de una ocasión, lo fantástico como género literario?

En España, muchas veces a lo fantástico se lo asocia con lo no literario, aunque creo que la cosa está cambiando a mejor. Aquí ha predominado realismo, aunque se ha practicado también lo fantástico, pero siempre desde los márgenes y, además, los autores que han practicado lo fantástico son más conocidos por sus obras realistas. Y subrayo que la literatura fantástica se ha hecho en los márgenes porque se ha hecho en gallego, de la mano de Álvaro Cunqueiro, y se ha hecho en catalán, de la mano de Joan Perucho. Estos dos autores son muy potentes, si España fuese otro país del que es, Perucho y Cunqueiro estarían en la misma línea de Borges, de Lorca o de cualquiera de los más grandes. Aquí, sin embargo, estos autores no han trascendido, al tener una literatura centralizada y realista, una literatura muy apegada a los hechos y muy comprometida con la realidad, debido, seguramente, a la Guerra Civil y de la posguerra. Si es cierto que habido autores que han conseguido mantenerse dentro de lo literario practicando lo fantástico, como José María Merino o Cristina Fernández Cubas, pero han tenido que pelear mucho por ello; en los últimos años las cosas han ido cambiando y, en parte, gracias a la labor de Merino y Fernández Cubas, hoy es más fácil hacer literatura fantástica sin que te infravaloren. Aun así, creo que el sector más duro de la crítica literaria todavía se resiste al género, aunque a nivel de escritores, son muchos más los autores que practican lo fantástico, principalmente porque somos muchos los escritores que nos hemos formado leyendo a autores y obras de género fantástico que antes no llegaban, nos hemos formado leyendo a los hispanoamericanos, a Borges, a Rulfo o  a Cortázar, autores que no tenían ningún complejo con lo fantástico, y, además, hemos recibido todo el influjo de lo audiovisual.

¿Crees que el cambio en la percepción de la realidad tiene que ver con una nueva y puede que postmoderna relación con la realidad?

Lo que ha cambiado no es solo nuestra relación con la realidad, sino nuestro concepto de realidad. Antes se pensaba que la realidad era una y unívoca, las verdades con mayúsculas aun dominabas y, desde esta concepción que no permitía dos verdades, lo fantástico parecía algo absurdo, mera imaginación. Sin embargo, toda nuestra concepción de la realidad ha mutado con el tiempo y se ha hecho poliédrica; el relativismo científico ha abrazado todas las disciplinas a través de la postmodernidad, que tiene sus orígenes en grandes pensadores como Freud o Nietzsche. Al pensar la realidad llena de fisuras y vacíos, concedemos a la imaginación y, por tanto, a la ficción el estatuto de verdad; ahora la ficción puede ser imaginaria y cierta a la vez.

 

También han aparecido ya reseñas literarias en diversas publicaciones, entre otras en la revista MERCURIO, en la revista LEER o en el suplemento de libros del diario SUR, con una crítica firmada por Juan Francisco Ferré.

 

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